¿Quién no ha sentido alguna vez que después de pasar unas horas en un entorno natural gozaba de una mayor vitalidad y sensación de bienestar? En los últimos años varios estudios científicos han constatado que el bosque reporta beneficios físicos y mentales en quienes se sumergen en él. Entre ellos:

Reduce la sensación ansiedad

Disminuye la tensión arterial

Nos relaja debido a un aumento del sistema nervioso parasimpático.

Aminora la tensión corporal al reducir la actividad del sistema nervioso simpático

Impulsa el sistema inmunitario debido a un aumento de las células NK, que combaten tumores e infecciones.

Proporciona energía

Reduce las hormonas vinculadas al estrés

Mejora la calidad del sueño

¿Cómo consigue el bosque generar todos estos beneficios?

A través de sustancias volátiles llamadas fitoncidas, que son antibactericidas naturales que las plantas emiten para protegerse. Respirar estas sustancias refuerza nuestro sistema inmunológico.

La reducción del cúmulo de impactos visuales, sonoros, olfativos, etc, al que la ciudad nos somete diariamente hace que nuestros sentidos despierten a un nuevo ritmo: el ritmo natural, marcado por las estaciones y los pequeños aconteceres que estas imprimen en el entorno. Esta reconexión con la naturaleza sincroniza nuestro propio ritmo con ese otro tiempo, lo cual reequilibra nuestro sistema nervioso, nos desacelera. Al reducirse los niveles de estrés también lo hacen los síntomas de las enfermedades causadas por éste como el colón irritable, úlceras estomacales, dolores musculares crónicos o depresión, entre muchas otras.

Aún queda mucho por investigar acerca de los mecanismos concretos por los que el bosque restablece nuestra salud. La mejor manera de averiguar sus “fórmulas” es transitándolo con respeto, atención y calma, permitiéndonos descubrir nuestra naturaleza interior.