Otoño en las aceras

Ha llegado sin hacer apenas ruido. Esparce indicios: el temblor de una hoja, un brochazo amarillo en la espesura, algo que desciende sobre el agua y se aleja flotando. Otoño. La estación de los parques, de los primeros fuegos, del furtivo gesto de comenzar un libro. La estación en que los bosques nos estremecen con una belleza pasajera, casi líquida.

Y de nuevo se repite el gesto cruel de esta primavera.

No queremos rendirnos a un otoño robado. Ahí afuera los chopos cambian de color, el aire huele a castañas y a humedad. Algo se prepara para continuar su ciclo. El ciclo de los hongos y de la melancolía, de la vida sumiéndose en un sueño dulce de raíces.

El bosque nos espera. No ha dejado de hacerlo ni un solo instante. Se desprende de todos sus tesoros, no requiere más cuidado que el del frío. Vamos a bebernos esa luz sorbo a sorbo, vamos a rodar como los ríos.

Y si nos niegan los árboles, y el fugaz espectáculo de las migraciones de pájaros, del ardor de las hojas, celebraremos el otoño en las aceras. También allí se presienten las huellas de esto que ocurre bosque a través, campo adentro, en cada corazón.

Luna de otoño

Sobre el agua del lago

braman los ciervos