Abrazar a un árbol

Cuando Jerónimo Melrinho se sintió morir bajó a la huerta y, antes de que lo llevasen al hospital, se despidió de todos los árboles que había plantado a lo largo de su vida. Lo hizo uno por uno, abrazándolos del mismo modo en que antes había abrazado a su familia. Aquel hombre era analfabeto, un campesino cuyo gesto no respondía a una reflexión intelectual ni a una voluntad de trascendencia. Se despidió de ellos porque aquellos árboles también formaban parte de su familia, y de la tierra, y de la vida que ahora le abandonaba.

Aquel hombre que lloró abrazado a sus olivos en tierras de Azinhaga fue el abuelo de José Saramago. Muchos años después, su discurso de aceptación de Nobel comenzaría con estas palabras: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”.

¿Quién no ha tenido uno? Ese en cuyas ramas construimos una cabaña con cuatro maderas y dos cuerdas, bajo el que sesteamos en verano, al que confiamos algunas esperanzas. La merienda a la sombra de un cerezo, los chopos y su rumor de río, la soledad pacífica del roble. El tiempo pierde su sentido bajo un árbol.

Yo también tuve el mío. Un árbol castellano al que abracé muchas veces buscando esa paciencia que la ansiedad a veces me robaba. Una guarida. Cierta permanencia que solo da la tierra. Mi abrazo fue tan solo un roce fugaz alrededor de su tronco centenario. Pero me sostuvo. También lo hizo la encina que años después fue mi único puntal en la franja más oscura del camino.

¿Cuál es el tuyo? ¿Aún podrías abrazarlo sin juzgarte?