Escrito en el agua

Si pudiéramos condensar la vivencia de un baño de bosque en un puñado de palabras, éstas formarían un haiku.

Noche sin luna.
La tempestad estruja
los viejos cedros.
(Matsuo Basho)

En nuestras inmersiones en la naturaleza acostumbramos a leer esos poemas breves cuyo origen, al igual que el del shinrin yoku o baño de bosque, también está en Japón. El haiku nace de la contemplación, del asombro que despierta en el caminante el hallazgo de un destello de eternidad, de universalidad y belleza en algo aparentemente humilde.

Mi cuenco de mendigar
Acepta hojas caídas
(Taneda Santoka)

Una rama combada por la nieve, la caída de un fruto, la sombra de un árbol temblando en el agua. El bosque despliega su tapiz de asombros y nosotras/os, al igual que aquellos primeros poetas peregrinos que cultivaban este género a la intemperie del camino -el haiku es esencialmente vivencial- nos dejamos asaltar por su delicadeza.

Al calor del brasero,
en la ceniza escribo
un nombre de mujer
(Akutagawa)

Cada estación cosecha sus haikus. También estos meses invernales esconden los suyos. No buscan perdurar, más bien parecen escritos en el agua y, sin embargo, el eco de los haijines o hacedores de haiku de siglos pasados resuena en el aire de nuestros paseos. Dos veces. Así han de leerse según la tradición oriental. En la primera recibimos la revelación fugaz de su belleza. En la segunda, el haiku se aposenta. Una sombra que también deja huella.

En el claro de luna helado,
Pequeñas piedras
Crujen bajo los pies.
(Yosa Buson)